Las aldeas habitadas por sujetos sin predicado
han despoblado los dedos que, hartos de sujetar
el cansino son de los que temen el lúcido sol artificial,
se sitúan entre las febriles mareas de espurios sauces.
¿Algo que objetar, acaso, los dueños del placer
y los sentidos, que ni siquiera hayan por menos
acreditado mi pago de un terreno acotado ya en acres?
Ay, mi casa, flor dorada, alma taimada de oscura polivalencia,
prevalece en el horizonte junto a un punto cruzado
de aires insomnes y corazones sumergidos en charcos,
ahorcados por la insuperable convergencia de líneas
sin fondo, sin pan y con mucho hambre,
que quizá sacie con el enemigo más atroz entre mis fauces,
o quizá rompa el reactor con el que se iluminan
caras sin ojos pero aún con vista fijada en la nunca llegada salida,
la que padeció unos dolores terribles
para dar a la luz un nuevo día.
Pero no nos vayamos a engañar,
cosa fácil en estos tiempos. Que la mar es sólo una y océanos cientos,
que llorar es tan sencillo
como callar en el maldito regocijo.
Que de tener el alcance en la mano
y no saber degustarlo por morir de indolentes
en una liberada sociedad llamada occidente
es algo que bien sabemos, por eso propongo
permanecer sentados, envejezcamos sin llegar
apenas a los seis o los siete años.
Y una vez superado el delirio
en la peor versión de la dependencia al maquinismo,
seamos conscientes de que un hijo
podrá vivir por él mismo
junto con el amparo de un padre y una madre,
que darán, por fin, a la sociedad un más que posible sentido.
Aunque, si he de ser sincero,
no vale la pena que divaguemos
entre si éste o si aquel sendero,
que sin una pizca del desaparecido conocimiento
seguiremos dando vueltas alrededor de la misma plaza,
buscando el norte que nunca llega,
el que siempre nos falta,
cuando en realidad lo que sucede es que el oscuro túnel
nunca finalizará
hasta que no levantemos la cabeza,
reconozcamos las huellas que hace más de una vuelta
han dado nuestros monótonos pasos,
y nos digamos a nosotros mismos:
“Cómo soy, cómo fui, y para qué servirá el camino andado”.
Tomelloso, 05/02/09
origen
Publicado por
oliver sotos gonzález
/
En aplazados aranceles he dejado mi nombre,
mi apellido, mi pasado y mi más sincero suplicio,
con objeto de postergar el que nadie me diga
que el más allá carece de toda sonrisa.
Aún recuerdo el lomo de aquel libro
escrito con tinta de vidrio,
descatalogado, en la quiebra de un mar
varado en la más impúdica soledad.
Habla, por lo que más quieras, habla,
di que viniste con los vientos de otros tiempos
a saciar de nubes tu alma,
a calmar la pasión a tientas entregada
con un cordelillo atado a tu meñique,
para que no olvidaras tu reflejo
de fútiles intentos de cuidar tu pulcra superficie.
Canta, por lo que más quieras, canta,
aunque sordo esté el jilguero por la mañana,
a pesar de que nadie escuche tu malgastada perorata,
a sabiendas de que mi voz ya no desea tu oído,
ni mi anhelo tu más certero abrazo asesino.
No masculles la broza que alimenta a los asnos,
que para cumplir promesas estamos todos hartos
de cubrir con mantos las sucias y destartaladas mesas.
Calla, por lo que más quieras, calla,
seduce al tiempo con su llanto más eterno,
alienta a la fiera, a la de verdad, a la que ahora más se te aleja.
Clama y declama los versos del hombre que mujer no llegó a conocer,
no por inexistente, al contrario,
sino por pura fémina vanidad que oscurece al más bello animal,
al que un día, y por una manzana, dimos todos gracias a Adán,
pero que tras tan heroico trabajo de Eva
ella desapareció entre lágrimas y esquizofrenias,
para no volver nunca jamás
sobre la faz de este gran mundo al que llamamos tierra.
La Roda, 26/02/09
mi apellido, mi pasado y mi más sincero suplicio,
con objeto de postergar el que nadie me diga
que el más allá carece de toda sonrisa.
Aún recuerdo el lomo de aquel libro
escrito con tinta de vidrio,
descatalogado, en la quiebra de un mar
varado en la más impúdica soledad.
Habla, por lo que más quieras, habla,
di que viniste con los vientos de otros tiempos
a saciar de nubes tu alma,
a calmar la pasión a tientas entregada
con un cordelillo atado a tu meñique,
para que no olvidaras tu reflejo
de fútiles intentos de cuidar tu pulcra superficie.
Canta, por lo que más quieras, canta,
aunque sordo esté el jilguero por la mañana,
a pesar de que nadie escuche tu malgastada perorata,
a sabiendas de que mi voz ya no desea tu oído,
ni mi anhelo tu más certero abrazo asesino.
No masculles la broza que alimenta a los asnos,
que para cumplir promesas estamos todos hartos
de cubrir con mantos las sucias y destartaladas mesas.
Calla, por lo que más quieras, calla,
seduce al tiempo con su llanto más eterno,
alienta a la fiera, a la de verdad, a la que ahora más se te aleja.
Clama y declama los versos del hombre que mujer no llegó a conocer,
no por inexistente, al contrario,
sino por pura fémina vanidad que oscurece al más bello animal,
al que un día, y por una manzana, dimos todos gracias a Adán,
pero que tras tan heroico trabajo de Eva
ella desapareció entre lágrimas y esquizofrenias,
para no volver nunca jamás
sobre la faz de este gran mundo al que llamamos tierra.
La Roda, 26/02/09
delante nuestro
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oliver sotos gonzález
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Las vueltas, los tornos,
la verdad cercada desde tan lejos.
Por cada paso que avanzo
ya ni sé dónde está lo demás,
ni, por supuesto, qué es lo que está de menos.
El hambre de la cercanía a lo desconocido,
la fruición del deseo más obsesionado,
alguna golondrina que sobrevuela, muy bajo,
el altar de los dominios del quinto infierno
llamado así por fieles insomnes,
aunque para otros, los fabricantes de soles,
no se trate más que de otro simple estercolero.
Hablaré con sinceridad, aún sin riesgo de no hablar con rigor,
que a pesar de que las agujas de aquel sincopado reloj
mostraron la cuarta puerta por la que transitar,
nadando entre flagelos y lluvia de ricino
todavía nos resulta más oculto golpear las aldabas
de tan majestuosa entrada, la que nos saque del vetusto frutal,
la que nos prodigue entre el presente y la infinita eternidad.
Llámenme agorero, pues lo seré,
ya que al atisbo de las incesantes mieses
de un descuido con sabor a fiebres en ciernes,
desde el mismo lugar de donde una vez partimos
seguimos girando como tiovivos de feria,
sacudiendo el sacudido polvo
como si de espantar la claridad el objetivo de todo fuera.
Qué precioso sería bailar de no ser por la música infame,
por el redoble militar que nos recuerda a ricos,
traficantes, harapientos, pobres, pedigüeños y frailes,
la podredumbre del hoy llamado placer,
el sucumbir ante lo que ellos llaman anhelo
sin más objeto que deshacer la magia del entuerto,
adormecer el pasional y festivo instinto
llamando instrumento a todo aquello que humanamente una vez conseguimos.
No se trata de saltar, ni gozar con la posesión en estado puro,
consiste, sencillamente, en viajar hacia el interior más oculto,
navegar en la penuria enterrada por inhumana
y saltar las vallas de la mal llamada calma,
para, esta vez sí, ondear con satisfacción,
con devoción y sin más demora,
las banderas que una vez lo fueron,
los estandartes de la victoria que jamás causó derrota,
el tiempo y el espacio como fusión en el paciente rompeolas.
Y el todo, que siempre fue nada,
esperándonos con los brazos abiertos,
con el abrigo del frío y crudo invierno,
al calor del vacío más universal.
¿Pero nosotros? Pequeños mortales de gran trascendencia,
siempre alerta ante el mínimo soplo,
con manos de trapo y talones de espuelas,
con la mirada como arma de única voluntad
seguimos pensando qué falla en esta vida tan imperfecta,
cuando lo que tenemos no lo usamos si no lo poseemos
y cuando siempre ha estado ahí el alféizar.
Pero como no lo vemos, dejémoslo de lado,
será mejor sumergirse de nuevo en el fango,
buceemos en la insidiosa miseria,
anclémonos en los pilares de la niñez,
vivamos revoloteando al olor de la angustiosa y melosa colmena.
La Roda, 04/03/09
la verdad cercada desde tan lejos.
Por cada paso que avanzo
ya ni sé dónde está lo demás,
ni, por supuesto, qué es lo que está de menos.
El hambre de la cercanía a lo desconocido,
la fruición del deseo más obsesionado,
alguna golondrina que sobrevuela, muy bajo,
el altar de los dominios del quinto infierno
llamado así por fieles insomnes,
aunque para otros, los fabricantes de soles,
no se trate más que de otro simple estercolero.
Hablaré con sinceridad, aún sin riesgo de no hablar con rigor,
que a pesar de que las agujas de aquel sincopado reloj
mostraron la cuarta puerta por la que transitar,
nadando entre flagelos y lluvia de ricino
todavía nos resulta más oculto golpear las aldabas
de tan majestuosa entrada, la que nos saque del vetusto frutal,
la que nos prodigue entre el presente y la infinita eternidad.
Llámenme agorero, pues lo seré,
ya que al atisbo de las incesantes mieses
de un descuido con sabor a fiebres en ciernes,
desde el mismo lugar de donde una vez partimos
seguimos girando como tiovivos de feria,
sacudiendo el sacudido polvo
como si de espantar la claridad el objetivo de todo fuera.
Qué precioso sería bailar de no ser por la música infame,
por el redoble militar que nos recuerda a ricos,
traficantes, harapientos, pobres, pedigüeños y frailes,
la podredumbre del hoy llamado placer,
el sucumbir ante lo que ellos llaman anhelo
sin más objeto que deshacer la magia del entuerto,
adormecer el pasional y festivo instinto
llamando instrumento a todo aquello que humanamente una vez conseguimos.
No se trata de saltar, ni gozar con la posesión en estado puro,
consiste, sencillamente, en viajar hacia el interior más oculto,
navegar en la penuria enterrada por inhumana
y saltar las vallas de la mal llamada calma,
para, esta vez sí, ondear con satisfacción,
con devoción y sin más demora,
las banderas que una vez lo fueron,
los estandartes de la victoria que jamás causó derrota,
el tiempo y el espacio como fusión en el paciente rompeolas.
Y el todo, que siempre fue nada,
esperándonos con los brazos abiertos,
con el abrigo del frío y crudo invierno,
al calor del vacío más universal.
¿Pero nosotros? Pequeños mortales de gran trascendencia,
siempre alerta ante el mínimo soplo,
con manos de trapo y talones de espuelas,
con la mirada como arma de única voluntad
seguimos pensando qué falla en esta vida tan imperfecta,
cuando lo que tenemos no lo usamos si no lo poseemos
y cuando siempre ha estado ahí el alféizar.
Pero como no lo vemos, dejémoslo de lado,
será mejor sumergirse de nuevo en el fango,
buceemos en la insidiosa miseria,
anclémonos en los pilares de la niñez,
vivamos revoloteando al olor de la angustiosa y melosa colmena.
La Roda, 04/03/09
tumba
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oliver sotos gonzález
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Nuestras manos seducidas por la caducidad
de la implacable fecha de la nueva estación, la ligereza.
La vieja, denostada y vil proeza de los que llaman perdidos,
anclada está en el tibio olvido de la equidad.
Basta con revisar los atávicos anaqueles de familiares bastardos
clamados al azar por lo absurdo de sus pasos,
golpeando al frenético ritmo del ciclo sin calma,
que vierte su jugo en el diluido mar de lunas, sin que un sol aderece esta salsa
de damas y caballeros sin reparar en los que a su alrededor,
con guantes de seda y parasoles de caza mayor,
recuentan sus cantos rodados
de tanto pasar por el agua
de la incomprensión, del río que arrastra
hacia los montes que un día fueron montañas,
y que la erosión carcomió con excusas más que baratas.
No grito contra un muro, pues no es este el que existe,
no lloro sobre una tumba, pues no es ahí donde yace
el cadáver insomne del habitante del valle.
Hace tiempo que marchó por no querer
oírnos y por contra escuchar
las interminables colas de deudas de recatada moral,
los haz lo que yo digo sin ver lo que yo hago,
que todos sacaremos provecho si vosotros vivís
para que mi cuerpo nunca sea
aquello por lo que algún día no muy lejano,
la tibieza mezcle su sangre
con la más grande vileza amparada en la oscura senda.
Nada más que añadir,
que mis manos por sucias no pretenden más
que el seguir embrutecidas al ver los carruajes pasar,
no sin antes haber tildado de limpios
a todos los que, antisépticos en mano,
calzan sus insípidos cuerpos entre los brazos
de aquéllos que nunca pisarán la duna del rechazo,
y, sin embargo, tras todo este baile de máscaras carnavalescas,
anclan sus calzados disfraces entre ruinas de miradas cándidas,
plácidas al saber que en su casa la llama no brilla
si es que el sol no escampa, que tras tanta tormenta
zigzagueante, el temor nunca ha llegado
a curar viejas heridas infectas.
La Roda, 19/04/09
de la implacable fecha de la nueva estación, la ligereza.
La vieja, denostada y vil proeza de los que llaman perdidos,
anclada está en el tibio olvido de la equidad.
Basta con revisar los atávicos anaqueles de familiares bastardos
clamados al azar por lo absurdo de sus pasos,
golpeando al frenético ritmo del ciclo sin calma,
que vierte su jugo en el diluido mar de lunas, sin que un sol aderece esta salsa
de damas y caballeros sin reparar en los que a su alrededor,
con guantes de seda y parasoles de caza mayor,
recuentan sus cantos rodados
de tanto pasar por el agua
de la incomprensión, del río que arrastra
hacia los montes que un día fueron montañas,
y que la erosión carcomió con excusas más que baratas.
No grito contra un muro, pues no es este el que existe,
no lloro sobre una tumba, pues no es ahí donde yace
el cadáver insomne del habitante del valle.
Hace tiempo que marchó por no querer
oírnos y por contra escuchar
las interminables colas de deudas de recatada moral,
los haz lo que yo digo sin ver lo que yo hago,
que todos sacaremos provecho si vosotros vivís
para que mi cuerpo nunca sea
aquello por lo que algún día no muy lejano,
la tibieza mezcle su sangre
con la más grande vileza amparada en la oscura senda.
Nada más que añadir,
que mis manos por sucias no pretenden más
que el seguir embrutecidas al ver los carruajes pasar,
no sin antes haber tildado de limpios
a todos los que, antisépticos en mano,
calzan sus insípidos cuerpos entre los brazos
de aquéllos que nunca pisarán la duna del rechazo,
y, sin embargo, tras todo este baile de máscaras carnavalescas,
anclan sus calzados disfraces entre ruinas de miradas cándidas,
plácidas al saber que en su casa la llama no brilla
si es que el sol no escampa, que tras tanta tormenta
zigzagueante, el temor nunca ha llegado
a curar viejas heridas infectas.
La Roda, 19/04/09
otro más
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oliver sotos gonzález
/
La novedad, la sorpresa a cada momento,
el ver lo que vi ayer, y admitir que ya de nada me acuerdo.
No voy a quitar el velo de lo que se halla
tras la trayectoria relativa del espacio curvo,
de la inmediatez disipada a la vez que escribo
de manera asíncrona y sin rubor alguno,
sin merecer el antojo de lo que todavía tiene que venir.
El absurdo como ley de vida,
el ideal postergado a la más dogmática despedida,
el vuelo de palomas sin ramas de olivo,
recordando a cada instante que se transforma en momento vivido
el que tras cada esquina todavía habite el sempiterno olvido.
No es que mire a los estantes llenos de polvo,
prefiero alzar el tumulto entre caras atónitas
y retorcidas bocas llenas de horror y de espanto.
Ahí es donde la fibra se rompe, ahí,
en el momento y el lugar donde
todo está por comenzar, en el cielo del paladar.
Agua cada vez más clara moja la diluida escarcha,
el motor del ingenio mecánico no sabe decir
que realmente se mueve sin condición por la vía que ya hemos marcado,
puede que ayer, o quizá sea mañana cuando el acero del trazo
se levante, y, una vez el descarrilamiento provoque la buscada angustia,
será el momento de seguir horadando en la penuria
que nos lleve a un lugar en principio menos arropado,
pero de una trascendencia vital que traspasará fronteras,
lluvias de abril, lágrimas de primavera,
septiembres sin flor y eneros de caña y ron.
Mientras, mendigando en las trabas de la construcción de la memoria
tú te quedas, yo salgo, y entro cuando tú sales,
al calor de la lumbre de un ficticio local
que no alberga más que viajeros de paso y pasantes de arte
vendidos al olor de un estofado sin pan,
como aquéllos grumetes que quisieron zarpar
cuando, tras una larguísima espera,
se dieron cuenta de que a los capitanes
les dio por tener miedo a zambullirse en el mar,
y ni siquiera dejaron lugar
para que el tiempo del salitre en los huesos volviera.
Y así converge el tiempo, que ya entre álabes y pócimas de alquimia,
la resina del tejido adiposo del cosmos deja por fin
de ser una obstinada piedra en el zapato del ser humano,
ahora, aunque nos siga haciendo daño en los juanetes,
hasta los piensos más pensantes ya se dedican a sacar
las telarañas a su más fino y sedoso traje,
el que utilizaban allá cuando había que usarlo,
y no sólo cuando tuviera que ser fotografiado.
La Roda, 19/04/09
el ver lo que vi ayer, y admitir que ya de nada me acuerdo.
No voy a quitar el velo de lo que se halla
tras la trayectoria relativa del espacio curvo,
de la inmediatez disipada a la vez que escribo
de manera asíncrona y sin rubor alguno,
sin merecer el antojo de lo que todavía tiene que venir.
El absurdo como ley de vida,
el ideal postergado a la más dogmática despedida,
el vuelo de palomas sin ramas de olivo,
recordando a cada instante que se transforma en momento vivido
el que tras cada esquina todavía habite el sempiterno olvido.
No es que mire a los estantes llenos de polvo,
prefiero alzar el tumulto entre caras atónitas
y retorcidas bocas llenas de horror y de espanto.
Ahí es donde la fibra se rompe, ahí,
en el momento y el lugar donde
todo está por comenzar, en el cielo del paladar.
Agua cada vez más clara moja la diluida escarcha,
el motor del ingenio mecánico no sabe decir
que realmente se mueve sin condición por la vía que ya hemos marcado,
puede que ayer, o quizá sea mañana cuando el acero del trazo
se levante, y, una vez el descarrilamiento provoque la buscada angustia,
será el momento de seguir horadando en la penuria
que nos lleve a un lugar en principio menos arropado,
pero de una trascendencia vital que traspasará fronteras,
lluvias de abril, lágrimas de primavera,
septiembres sin flor y eneros de caña y ron.
Mientras, mendigando en las trabas de la construcción de la memoria
tú te quedas, yo salgo, y entro cuando tú sales,
al calor de la lumbre de un ficticio local
que no alberga más que viajeros de paso y pasantes de arte
vendidos al olor de un estofado sin pan,
como aquéllos grumetes que quisieron zarpar
cuando, tras una larguísima espera,
se dieron cuenta de que a los capitanes
les dio por tener miedo a zambullirse en el mar,
y ni siquiera dejaron lugar
para que el tiempo del salitre en los huesos volviera.
Y así converge el tiempo, que ya entre álabes y pócimas de alquimia,
la resina del tejido adiposo del cosmos deja por fin
de ser una obstinada piedra en el zapato del ser humano,
ahora, aunque nos siga haciendo daño en los juanetes,
hasta los piensos más pensantes ya se dedican a sacar
las telarañas a su más fino y sedoso traje,
el que utilizaban allá cuando había que usarlo,
y no sólo cuando tuviera que ser fotografiado.
La Roda, 19/04/09
cuestión de fe
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oliver sotos gonzález
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Qué hay más cercano a mí que tu danza guerrera
al compás de los días más eternos,
que nada sin espacio es tiempo
mientras el curso se pierde por el río que lleva a tierra.
Qué hay más cretácico que la arena en aletargados brazos,
que alejen la santa madre bestia del mártir que nunca hubo
más que en el corazón de quien aún hoy sigue enfrascado en su mundo,
de sabias y viles proezas que no contentan ni a quien se le espera.
Los arcángeles viven caídos, ya que ni siquiera tienen órdenes
de perseguir a sucios enemigos,
ni perjurios entre llamas desolados,
enterrados bajo pálidos pétalos de ortigas,
a la vez que aquéllos que de plumas sus alas llenaron,
sentados y con sus cálices insurrectos permanecen aún quietos,
sonrientes ante la obra que poco a poco se quiebra sin demora,
pese a que, por supuesto, a ellos nunca les atrapará en su seno
el derrumbe de unos cimientos tan carcomidos, ebrios de su propia arroba de vino.
Queda tanto por hacer, querer, amar y encontrar,
tanto, que por unas doradas piezas nunca dejaré que este cansado estamento
permita que traspase todas sus bajezas a mi fuero interno,
queriendo mantener las cartas sobre la mesa con su anquilosado verbo.
La Roda, 03/05/09
al compás de los días más eternos,
que nada sin espacio es tiempo
mientras el curso se pierde por el río que lleva a tierra.
Qué hay más cretácico que la arena en aletargados brazos,
que alejen la santa madre bestia del mártir que nunca hubo
más que en el corazón de quien aún hoy sigue enfrascado en su mundo,
de sabias y viles proezas que no contentan ni a quien se le espera.
Los arcángeles viven caídos, ya que ni siquiera tienen órdenes
de perseguir a sucios enemigos,
ni perjurios entre llamas desolados,
enterrados bajo pálidos pétalos de ortigas,
a la vez que aquéllos que de plumas sus alas llenaron,
sentados y con sus cálices insurrectos permanecen aún quietos,
sonrientes ante la obra que poco a poco se quiebra sin demora,
pese a que, por supuesto, a ellos nunca les atrapará en su seno
el derrumbe de unos cimientos tan carcomidos, ebrios de su propia arroba de vino.
Queda tanto por hacer, querer, amar y encontrar,
tanto, que por unas doradas piezas nunca dejaré que este cansado estamento
permita que traspase todas sus bajezas a mi fuero interno,
queriendo mantener las cartas sobre la mesa con su anquilosado verbo.
La Roda, 03/05/09
en sí mismo
Publicado por
oliver sotos gonzález
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Ahora que puedo, que sé, que a mí me lo debo,
voy a respirar aquello que ni siquiera
ha olido mi cerebro,
caminar sobre las bruces que fueron cruces,
subir hacia el infinito
de mil maneras escritas sólo
en el otro lado todavía no visto,
y ni siquiera plasmado
en aún no fabricados lienzos,
de los cuales no he leído las manos
que vayan a coger los pinceles
que, bañados en mezclas imposibles,
vayan a cautivar los ojos
de fieles rebeldes, perdidos, hasta que
el sueño les revele que no hay mundo
más bello que aquel que construyamos.
Sin más.
Sin pasar por el filtro del eterno fango cavernario,
que nos supera y nos engaña diciendo
que más acá del allá
lo mejor es estar sentado para no caer nunca más.
Ahora abro las puertas a la amante luna,
a mi más sucio deseo, a la dulce embriaguez,
al pudoroso temor, a la vívida ensoñación.
Obviando, cómo no, el laberinto, a teseo y su furia,
la rastrera penuria,
el corazón más descorazonador,
el fuego que ya ha perdido todo control.
Salir a la calle,
destapar las esencias, ¡que todo huela a mí!
Alborotar en las iglesias, engañar a mercaderes
y no volver a llorar hasta que llueva en el año trece.
Mirar a través de la ropa y disfrutar
de la vergüenza ajena,
nadar a pecho descubierto entre
todas aquellas chaquetas que me rodean.
Volver a mí, a latir en mi cabeza,
y que sin piernas no haya trato,
que las carreras no se hacen si no existen manos ni brazos,
y la voz, gran instrumento que nos ha dado la evolución,
pues ella también va conmigo,
como la tinta que en este momento
derrocho sobre este papel cuadriculado,
desordenando la furia constreñida
en cien páginas de futuros compases,
revueltos y caóticos por el bien de la vida misma.
Florencia, 06/07/07
voy a respirar aquello que ni siquiera
ha olido mi cerebro,
caminar sobre las bruces que fueron cruces,
subir hacia el infinito
de mil maneras escritas sólo
en el otro lado todavía no visto,
y ni siquiera plasmado
en aún no fabricados lienzos,
de los cuales no he leído las manos
que vayan a coger los pinceles
que, bañados en mezclas imposibles,
vayan a cautivar los ojos
de fieles rebeldes, perdidos, hasta que
el sueño les revele que no hay mundo
más bello que aquel que construyamos.
Sin más.
Sin pasar por el filtro del eterno fango cavernario,
que nos supera y nos engaña diciendo
que más acá del allá
lo mejor es estar sentado para no caer nunca más.
Ahora abro las puertas a la amante luna,
a mi más sucio deseo, a la dulce embriaguez,
al pudoroso temor, a la vívida ensoñación.
Obviando, cómo no, el laberinto, a teseo y su furia,
la rastrera penuria,
el corazón más descorazonador,
el fuego que ya ha perdido todo control.
Salir a la calle,
destapar las esencias, ¡que todo huela a mí!
Alborotar en las iglesias, engañar a mercaderes
y no volver a llorar hasta que llueva en el año trece.
Mirar a través de la ropa y disfrutar
de la vergüenza ajena,
nadar a pecho descubierto entre
todas aquellas chaquetas que me rodean.
Volver a mí, a latir en mi cabeza,
y que sin piernas no haya trato,
que las carreras no se hacen si no existen manos ni brazos,
y la voz, gran instrumento que nos ha dado la evolución,
pues ella también va conmigo,
como la tinta que en este momento
derrocho sobre este papel cuadriculado,
desordenando la furia constreñida
en cien páginas de futuros compases,
revueltos y caóticos por el bien de la vida misma.
Florencia, 06/07/07
dormir, paso previo al sueño
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oliver sotos gonzález
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Los párpados pesan más que las palabras,
los vocablos se esfuman entre el enebro y las acacias,
los dátiles son ahora más suaves y dulces,
la savia reposa ya más allá del orgullo y de las nubes.
No me traigas la lluvia, que quiero el calor,
no me llegues al alma que nunca existió,
no ahondaré en los cantos de jilguero que
mi paz sublimó entre llamas y alcohol.
Subo, que la dicha es clara,
llego, que la vida es leve,
canto lo que salga de mi garganta
y que el salitre, a pesar de sus intentos, ni siquiera oscurece.
¿Mas cuándo veré el llanto del viejo labriego
que aclare su vista al mirarme al espejo?
Quizá cuando la acción se sitúe en saltar
al cielo abierto del espasmo sin mirar atrás.
No es cuestión de pretender,
ni de querer mascar pequeños granos de café,
a pesar de que esto último tenga un sabor
que llama única y exclusivamente la atención.
Cuando en realidad
todo va encaminado hacia el mismo lugar
en diferentes tiempos,
Es más, cuando me permito
el paseo, callado, sin un ápice del pienso
y sin que exista algo,
de nuevo la luz vuelve a brillar,
con el consiguiente espacio
todavía no descubierto
plagado de la más inquietante, temida,
amada, envolvente y enriquecedora oscuridad.
Florencia, 07/07/09
los vocablos se esfuman entre el enebro y las acacias,
los dátiles son ahora más suaves y dulces,
la savia reposa ya más allá del orgullo y de las nubes.
No me traigas la lluvia, que quiero el calor,
no me llegues al alma que nunca existió,
no ahondaré en los cantos de jilguero que
mi paz sublimó entre llamas y alcohol.
Subo, que la dicha es clara,
llego, que la vida es leve,
canto lo que salga de mi garganta
y que el salitre, a pesar de sus intentos, ni siquiera oscurece.
¿Mas cuándo veré el llanto del viejo labriego
que aclare su vista al mirarme al espejo?
Quizá cuando la acción se sitúe en saltar
al cielo abierto del espasmo sin mirar atrás.
No es cuestión de pretender,
ni de querer mascar pequeños granos de café,
a pesar de que esto último tenga un sabor
que llama única y exclusivamente la atención.
Cuando en realidad
todo va encaminado hacia el mismo lugar
en diferentes tiempos,
Es más, cuando me permito
el paseo, callado, sin un ápice del pienso
y sin que exista algo,
de nuevo la luz vuelve a brillar,
con el consiguiente espacio
todavía no descubierto
plagado de la más inquietante, temida,
amada, envolvente y enriquecedora oscuridad.
Florencia, 07/07/09
nada
Publicado por
oliver sotos gonzález
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Nada más pesado que el viento entre los brazos
de una mujer que suspira más que camina,
de un hombre que a sí se llama
cuando de su boca sólo salen tempestades y ninguna calma.
Nada más etéreo que una ilusoria ilusión
encerrada en cristal con apellidos y nombre,
es gritar cien veces sólo por abrazar algo informe
que no existe y que todos queremos tener: la razón.
Nada más vetusto y enmohecido que la sal
de los océanos enclaustrada en gotas de ricino,
provenientes de febriles sacos de angustia
encerrados, cual temor, entre el canto y la cal.
Nada más aciago que el inodoro aroma a victoria,
que no fue más que una derrota más entre las sienes,
la que nunca quiere más de lo que se le ofrece
y busca errada en cualquier lugar menos en la memoria.
Nada más obsoleto que un calendario del año venidero,
con sus reiterados iterativos días que fueron pasado,
trasladados a un futuro más en el aire que entre las manos
y con sus castillos de plomo anclados en lo alto del cielo.
Nada más presente que lo que ya está escrito,
y la historia, sin florituras o plagada de ellas,
nos muestra que no demostramos ni un ápice de entereza
cuando hoy es igual que ayer y sin nosotros querer admitirlo.
Nada más que yo, entre el papel y el más añejo carbón,
entre la oxidada nave y el mar que ya se secó,
entre la nube que vuela y la tormenta que no amaina,
entre el viento que arrasa y la tinta que ya escampa.
La Roda, 14/07/09
de una mujer que suspira más que camina,
de un hombre que a sí se llama
cuando de su boca sólo salen tempestades y ninguna calma.
Nada más etéreo que una ilusoria ilusión
encerrada en cristal con apellidos y nombre,
es gritar cien veces sólo por abrazar algo informe
que no existe y que todos queremos tener: la razón.
Nada más vetusto y enmohecido que la sal
de los océanos enclaustrada en gotas de ricino,
provenientes de febriles sacos de angustia
encerrados, cual temor, entre el canto y la cal.
Nada más aciago que el inodoro aroma a victoria,
que no fue más que una derrota más entre las sienes,
la que nunca quiere más de lo que se le ofrece
y busca errada en cualquier lugar menos en la memoria.
Nada más obsoleto que un calendario del año venidero,
con sus reiterados iterativos días que fueron pasado,
trasladados a un futuro más en el aire que entre las manos
y con sus castillos de plomo anclados en lo alto del cielo.
Nada más presente que lo que ya está escrito,
y la historia, sin florituras o plagada de ellas,
nos muestra que no demostramos ni un ápice de entereza
cuando hoy es igual que ayer y sin nosotros querer admitirlo.
Nada más que yo, entre el papel y el más añejo carbón,
entre la oxidada nave y el mar que ya se secó,
entre la nube que vuela y la tormenta que no amaina,
entre el viento que arrasa y la tinta que ya escampa.
La Roda, 14/07/09
corrientes
Publicado por
oliver sotos gonzález
/
Se acercan los movimientos enlatados,
los preciosos segundos que una vez,
en el lugar donde se revivirá el ayer
los números no han dejado de ser rojos,
no han tornado el mundo de una sensación
sin par, para que suave, el rumor del humo
sin acicalar se introduzca por los poros
de las esencias, obstruyendo así el fluir natural
de los arroyos artificiales en un mundo mineral.
El otoño de los pasos es cada vez más pausado,
la calle no existe si no está franqueada por viviendas de dos plantas,
los afluentes no son ríos sin cuencas para que los contemplen,
las llanuras no perduran sin las montañas y su inestimable ayuda.
El fervor no es tal a la hora de pedir, exigiendo como parte del trato,
llamando a la luz fiel esperanza de traje largo.
Nada más hay que decir en el amargo y lánguido refugio de sal,
es lo que tenemos por no saber amar queriendo doblegar,
por admitir que la fiera realidad es tal sin desear un cambio,
obstruir con el peso del gran gigante que no es,
el revolotear llevados por el viento de la eternidad.
El día de hoy es un punto cualquiera de un hilo bien tensado,
con dos extremos definidos y en el que nosotros caminamos
cual funambulistas sin red a la hora de vivir atando cabos,
en este lugar de hambre incandescente que nos digiere,
nos ahuyenta y nos rasga de grave herida mortal.
A menos, claro está, que seamos nosotros los que
queramos dar un salto en este informe cable, en estas
gotas de marfil golpeando el sextante, en este domingo sin nada
pero con un todo relativamente absoluto anclado en nuestra morada,
abigarrada de hedor a incienso, podrido de ébano,
lastrado por enormes columnas de mármol,
y perdido entre el aliento de los más atemorizados.
Sí, aquellos que su ego no encuentran
son los mismos que ensalzan las virtudes de lo ajeno,
sólo buscan un abrazo partido en medio del cenagoso cieno,
el hogar del moribundo en un patio de casa nada particular.
Por supuesto, son ellos, los que siempre tienen en la boca el bien y el mal,
los dolientes de la moral, desmoralizados porque no son capaces
de encontrar su persona entre los reflejos del carnaval,
porque sus disfraces les ocultan a los demás
aunque tampoco pueden reconocerse entre tanta mediocridad.
No nos amilanemos: somos la máscara de una farsa,
la sonrisa de la duda en semana santa,
la sombra del espejo mañana por la mañana,
el mantel de los anaqueles que ni siquiera libros tienen,
el polvo en los zapatos del taumaturgo
que de pueblo en pueblo visita las ilusiones del insomne,
aquel que pregunta un par de veces y exige doscientas mil certezas,
el que apenas se desplaza por no mover sus dos piernas,
el que la desazón permaneció en su penumbra
y la manta le nubló la mirada hacia el más impúdico tótem.
Castellón. 19/07/09
los preciosos segundos que una vez,
en el lugar donde se revivirá el ayer
los números no han dejado de ser rojos,
no han tornado el mundo de una sensación
sin par, para que suave, el rumor del humo
sin acicalar se introduzca por los poros
de las esencias, obstruyendo así el fluir natural
de los arroyos artificiales en un mundo mineral.
El otoño de los pasos es cada vez más pausado,
la calle no existe si no está franqueada por viviendas de dos plantas,
los afluentes no son ríos sin cuencas para que los contemplen,
las llanuras no perduran sin las montañas y su inestimable ayuda.
El fervor no es tal a la hora de pedir, exigiendo como parte del trato,
llamando a la luz fiel esperanza de traje largo.
Nada más hay que decir en el amargo y lánguido refugio de sal,
es lo que tenemos por no saber amar queriendo doblegar,
por admitir que la fiera realidad es tal sin desear un cambio,
obstruir con el peso del gran gigante que no es,
el revolotear llevados por el viento de la eternidad.
El día de hoy es un punto cualquiera de un hilo bien tensado,
con dos extremos definidos y en el que nosotros caminamos
cual funambulistas sin red a la hora de vivir atando cabos,
en este lugar de hambre incandescente que nos digiere,
nos ahuyenta y nos rasga de grave herida mortal.
A menos, claro está, que seamos nosotros los que
queramos dar un salto en este informe cable, en estas
gotas de marfil golpeando el sextante, en este domingo sin nada
pero con un todo relativamente absoluto anclado en nuestra morada,
abigarrada de hedor a incienso, podrido de ébano,
lastrado por enormes columnas de mármol,
y perdido entre el aliento de los más atemorizados.
Sí, aquellos que su ego no encuentran
son los mismos que ensalzan las virtudes de lo ajeno,
sólo buscan un abrazo partido en medio del cenagoso cieno,
el hogar del moribundo en un patio de casa nada particular.
Por supuesto, son ellos, los que siempre tienen en la boca el bien y el mal,
los dolientes de la moral, desmoralizados porque no son capaces
de encontrar su persona entre los reflejos del carnaval,
porque sus disfraces les ocultan a los demás
aunque tampoco pueden reconocerse entre tanta mediocridad.
No nos amilanemos: somos la máscara de una farsa,
la sonrisa de la duda en semana santa,
la sombra del espejo mañana por la mañana,
el mantel de los anaqueles que ni siquiera libros tienen,
el polvo en los zapatos del taumaturgo
que de pueblo en pueblo visita las ilusiones del insomne,
aquel que pregunta un par de veces y exige doscientas mil certezas,
el que apenas se desplaza por no mover sus dos piernas,
el que la desazón permaneció en su penumbra
y la manta le nubló la mirada hacia el más impúdico tótem.
Castellón. 19/07/09
¿qué?
Publicado por
oliver sotos gonzález
/
¿Qué es lo que sé? ¿Que dos más dos son tres?
¿Que las nubes son multicolores allá donde no se divisan
las mangas de las camisas de todas las batallas sin nombre?
¿Que el azul no es más verdad que el reflejo de la luz
sobre nuestra áurea atmósfera en su versión más artificial?
¿Que la bruma matutina se aplaca con el calor de cada día
al enfrentarse cada ser a su tierna y poco superada infancia?
¿Que los campos son cada vez más singulares y más largos
cuando la estrechez los estrangula y nos entrega a este desgastado trance?
¿Qué es lo que sé? ¿Que he olvidado correr?
¿Que la sal es el conspicuo sabor ajado del mar,
con sus cañas, sus arrecifes de coral y sus fondos cubiertos de sangre,
derrotas y fosas de insidiosa y herrumbrosa oscuridad?
¿Que mi ardor todavía por apaciguar no encuentra el lugar exacto
donde, exactamente a menos cuarto, el sastre vistió al emperador
y nos dejó a todos pasmados y obedientes ante tal humillación?
¿Que el asfalto no se derrite por no pegarse a nuestros zapatos,
que prefiere las transitadas carreteras a los ya cansados caminos,
cual hojas de azahar en el invierno de un próximo clima tropical?
¿Qué es lo que sé? ¿Que el mañana precede al ayer?
¿Que con sólo mirar no basta para seguir quietos, sentados,
en majestuosos butacones de un ascórbico blanco,
mudos ante la sordera provocada por desérticas tormentas de arena
que nos postergan a la taciturna vida de un muerto sumido en pena?
¿Que las plumas no son del ave más que las escamas del reptil
en los espumosos vinos del dorado y taimado jeque del asueto y de la cuna,
el mismo que nos introdujo la semilla de todo aquello a lo que nunca
quisimos renunciar pero que nunca estuvo delante nuestro, y mucho menos detrás?
¿Qué es lo que sé yo, por favor?
Castellón, 23/07/09
¿Que las nubes son multicolores allá donde no se divisan
las mangas de las camisas de todas las batallas sin nombre?
¿Que el azul no es más verdad que el reflejo de la luz
sobre nuestra áurea atmósfera en su versión más artificial?
¿Que la bruma matutina se aplaca con el calor de cada día
al enfrentarse cada ser a su tierna y poco superada infancia?
¿Que los campos son cada vez más singulares y más largos
cuando la estrechez los estrangula y nos entrega a este desgastado trance?
¿Qué es lo que sé? ¿Que he olvidado correr?
¿Que la sal es el conspicuo sabor ajado del mar,
con sus cañas, sus arrecifes de coral y sus fondos cubiertos de sangre,
derrotas y fosas de insidiosa y herrumbrosa oscuridad?
¿Que mi ardor todavía por apaciguar no encuentra el lugar exacto
donde, exactamente a menos cuarto, el sastre vistió al emperador
y nos dejó a todos pasmados y obedientes ante tal humillación?
¿Que el asfalto no se derrite por no pegarse a nuestros zapatos,
que prefiere las transitadas carreteras a los ya cansados caminos,
cual hojas de azahar en el invierno de un próximo clima tropical?
¿Qué es lo que sé? ¿Que el mañana precede al ayer?
¿Que con sólo mirar no basta para seguir quietos, sentados,
en majestuosos butacones de un ascórbico blanco,
mudos ante la sordera provocada por desérticas tormentas de arena
que nos postergan a la taciturna vida de un muerto sumido en pena?
¿Que las plumas no son del ave más que las escamas del reptil
en los espumosos vinos del dorado y taimado jeque del asueto y de la cuna,
el mismo que nos introdujo la semilla de todo aquello a lo que nunca
quisimos renunciar pero que nunca estuvo delante nuestro, y mucho menos detrás?
¿Qué es lo que sé yo, por favor?
Castellón, 23/07/09
repaso
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oliver sotos gonzález
/
No es cuestión de osadía, o de falta de ella.
El caso es que a primera hora de la mañana
con los primeros rayos llamando a mi ventana,
introduje mi vida en un par de maletas
y marché para ya nunca más volver.
Lo mejor es no pensarlo, dijo una vez mi espejo,
al que, para ser sincero, nunca hice mucho caso en su momento.
Sin embargo, ahora que recapacito sobre el camino andado,
no hay día en que no aparezca tan singular personaje
para tenderme una mano en los meandros de este viaje.
La luz ni alumbra ni deslumbra, ni siquiera deja espacio
a la ambigua penumbra, acostumbraba a deambular con soltura
mientras apaciguaba las calles del territorio desolado
por los terremotos del ahora hundido lugar que fue mi cuna,
y que se diluyó entre las ciernes del paraje que hoy siento.
Nunca es algo tan absurdo como absoluto, podría decirse
al observar la manera de mirar atrás, la manera de colocar
las piezas del rompecabezas que nunca estuvo más triste
que la ausencia de percances del más eterno universo,
aburrido porque en un afán de superioridad que no es tal
no queremos compartirlo con sus familiares más directos.
En fin, maldita la gracia serena,
ahora ni medito lo que antes ni poder hubiera querido,
que los estoques en las corridas no son para otros
aunque sobre mí trate cada vez que hable en plural,
o que en cualquiera de mis afirmaciones me dé por destrozar
las ropas de cualquier aguerrido guardián,
que intenta recalcitrar la verdad de su más exultante realidad.
La senectud es simplemente la luz de las estrellas
de hace más de trece millones de años, aunque
por mucho que las veamos nunca llegaremos a nada.
¿Y por qué? Pues por no querer saber enloquecer
de incertidumbre, de secreto, de misterios no resueltos,
de rondar el abismo errante atados de pies y manos,
de vagar por el lugar de donde podríamos liberarnos
del mirar que nos muestra a sumirnos en la supina ceguera.
¿Qué hacemos entonces?
Forjar ídolos de bronce,
inmolarnos a base de reverencias,
ocultando así nuestra verdad como idea más imperfecta.
Es decir, que ni seremos, ni fuimos, ni somos
lo que por pretensiones siempre hemos venerado,
para así loarnos por nuestra gran obra de remiendos:
un castillo de sal sobre la arena y sin cimientos.
Castellón, 29/07/09
El caso es que a primera hora de la mañana
con los primeros rayos llamando a mi ventana,
introduje mi vida en un par de maletas
y marché para ya nunca más volver.
Lo mejor es no pensarlo, dijo una vez mi espejo,
al que, para ser sincero, nunca hice mucho caso en su momento.
Sin embargo, ahora que recapacito sobre el camino andado,
no hay día en que no aparezca tan singular personaje
para tenderme una mano en los meandros de este viaje.
La luz ni alumbra ni deslumbra, ni siquiera deja espacio
a la ambigua penumbra, acostumbraba a deambular con soltura
mientras apaciguaba las calles del territorio desolado
por los terremotos del ahora hundido lugar que fue mi cuna,
y que se diluyó entre las ciernes del paraje que hoy siento.
Nunca es algo tan absurdo como absoluto, podría decirse
al observar la manera de mirar atrás, la manera de colocar
las piezas del rompecabezas que nunca estuvo más triste
que la ausencia de percances del más eterno universo,
aburrido porque en un afán de superioridad que no es tal
no queremos compartirlo con sus familiares más directos.
En fin, maldita la gracia serena,
ahora ni medito lo que antes ni poder hubiera querido,
que los estoques en las corridas no son para otros
aunque sobre mí trate cada vez que hable en plural,
o que en cualquiera de mis afirmaciones me dé por destrozar
las ropas de cualquier aguerrido guardián,
que intenta recalcitrar la verdad de su más exultante realidad.
La senectud es simplemente la luz de las estrellas
de hace más de trece millones de años, aunque
por mucho que las veamos nunca llegaremos a nada.
¿Y por qué? Pues por no querer saber enloquecer
de incertidumbre, de secreto, de misterios no resueltos,
de rondar el abismo errante atados de pies y manos,
de vagar por el lugar de donde podríamos liberarnos
del mirar que nos muestra a sumirnos en la supina ceguera.
¿Qué hacemos entonces?
Forjar ídolos de bronce,
inmolarnos a base de reverencias,
ocultando así nuestra verdad como idea más imperfecta.
Es decir, que ni seremos, ni fuimos, ni somos
lo que por pretensiones siempre hemos venerado,
para así loarnos por nuestra gran obra de remiendos:
un castillo de sal sobre la arena y sin cimientos.
Castellón, 29/07/09
la pregunta
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oliver sotos gonzález
/
Siempre comienzo partiendo de la parca
dejando el botín acumulado en tantas afrentas,
reluciente plata de ampulosos palacios,
dorada alquimia de resquebrajadas efigies pétreas.
Durante un efímero latido sigo penetrando
en aquello que, a fuerza de no buscarlo, sin ocultarse se muestra:
correctas errantes respuestas que ni de lejos me satisfacen,
una ardiente insaciable pregunta que de nuevo me llena.
Sólo un interrogante más me bastó
para dejar de perecer en mi obtusa consciencia,
la brisa en el balcón de nuevo sacude la razón
en traslúcidos frascos de cadenciosas esencias.
¿?
Si es movimiento lo que observo,
si son redobles de panales de miel jaleando en las colmenas
la luna también pone su fuerza en juego,
y la sangre y la llama y la razón y la ansiedad bosquejada en estos versos.
Todavía no he llegado a la simiente de mi propio anhelo.
Así pues, ¿será todo esto una distracción sin más?
¿Un canto de sirena para sentarme y dejar de respirar?
¿O tal vez una cortina ahumada de opacos remiendos?
Una cosa está clara, no deseo concretar la disparidad de mis telas
mediante la combinación cacofónica de grafías en este lienzo de arena,
ni acampar en el soslayado campo de mi anquilosada cotidianeidad,
ni vomitar austeras furias de solivianto o angustiosos arrebatos de tibieza.
Sólo son preguntas con sabor a sal en el cielo de mi telúrico paladar,
un envolvente soplo de aire fresco que me devuelve la fuerza del viento,
un atisbo de oscuridad entre cenicientos lagares de la más absorbente claridad,
ardores de esperanza en los cerros de intachables certezas y de objetores silencios:
¿Acaso el universo nació para ser eterno?
¿Acaso la elegancia estaba dispuesta ya?
¿Acaso caeré en el intento de preguntar?
¿Acaso no estaré ya acariciando el infierno?
Aunque lo que realmente ahora me atenaza
no son preguntas sobre idealizados arquetipos, sobre el bien o sobre el mal,
o sobre el descubrimiento del planeta tierra en la recalcitrante carrera espacial.
Todo lo que en estas líneas está escrito se puede resumir en una pregunta nada más,
escueta, amarga, sincera, y sin más profundidad de la que se le pretenda otorgar:
Detrás de la belleza, ¿qué es lo que hay?
Castellón, 31/07/09
dejando el botín acumulado en tantas afrentas,
reluciente plata de ampulosos palacios,
dorada alquimia de resquebrajadas efigies pétreas.
Durante un efímero latido sigo penetrando
en aquello que, a fuerza de no buscarlo, sin ocultarse se muestra:
correctas errantes respuestas que ni de lejos me satisfacen,
una ardiente insaciable pregunta que de nuevo me llena.
Sólo un interrogante más me bastó
para dejar de perecer en mi obtusa consciencia,
la brisa en el balcón de nuevo sacude la razón
en traslúcidos frascos de cadenciosas esencias.
¿?
Si es movimiento lo que observo,
si son redobles de panales de miel jaleando en las colmenas
la luna también pone su fuerza en juego,
y la sangre y la llama y la razón y la ansiedad bosquejada en estos versos.
Todavía no he llegado a la simiente de mi propio anhelo.
Así pues, ¿será todo esto una distracción sin más?
¿Un canto de sirena para sentarme y dejar de respirar?
¿O tal vez una cortina ahumada de opacos remiendos?
Una cosa está clara, no deseo concretar la disparidad de mis telas
mediante la combinación cacofónica de grafías en este lienzo de arena,
ni acampar en el soslayado campo de mi anquilosada cotidianeidad,
ni vomitar austeras furias de solivianto o angustiosos arrebatos de tibieza.
Sólo son preguntas con sabor a sal en el cielo de mi telúrico paladar,
un envolvente soplo de aire fresco que me devuelve la fuerza del viento,
un atisbo de oscuridad entre cenicientos lagares de la más absorbente claridad,
ardores de esperanza en los cerros de intachables certezas y de objetores silencios:
¿Acaso el universo nació para ser eterno?
¿Acaso la elegancia estaba dispuesta ya?
¿Acaso caeré en el intento de preguntar?
¿Acaso no estaré ya acariciando el infierno?
Aunque lo que realmente ahora me atenaza
no son preguntas sobre idealizados arquetipos, sobre el bien o sobre el mal,
o sobre el descubrimiento del planeta tierra en la recalcitrante carrera espacial.
Todo lo que en estas líneas está escrito se puede resumir en una pregunta nada más,
escueta, amarga, sincera, y sin más profundidad de la que se le pretenda otorgar:
Detrás de la belleza, ¿qué es lo que hay?
Castellón, 31/07/09
a un suspiro del deseo
Publicado por
oliver sotos gonzález
/
A un suspiro del deseo
lo sublime se dibuja entre lo incólume,
la pasión se tiñe de melodías utópicas y la llama se fragua con famélicas lágrimas.
A un suspiro del deseo
la humedad pierde su valor,
y lo que vale aprecia más si cabe la valía del sudor.
A un suspiro del deseo
el sístole es el primo del diástole,
las arterias ya son venas y las vendas nos ayudan a profundizar en la ceguera.
A un suspiro del deseo
lo amargo pierde su sentido,
y el néctar almibarado fallece por ser en este campo de batalla un vulgar y vil proscrito.
A un suspiro del deseo
las yemas son las que ven,
son exploradoras, emisarias y guerrilleras de íntimas guerras sin cuartel.
A un suspiro del deseo
no hay más placer que el que arde,
ni más cera que la que nace en la brecha de ocultas colmenas de miel.
A un suspiro del deseo
los prisioneros se hacen para no ser torturados,
y ruegan para ser arrebatados de las fauces de las manecillas del relojero.
A un suspiro del deseo
el paladar desciende a lo más alto del cielo,
y la lluvia cala hasta los huesos sin querer resguardarnos del aguacero.
A un suspiro del deseo
el sentido se pierde cuando más se siente el presente,
y los sentidos actúan al unísono, independientes de razones y de temores.
A un suspiro del deseo
se aparta a la vanidad, a la niñez, a la caridad,
a la insidiosa penumbra cuya última intención no es la de iluminar.
A un suspiro del deseo
no diré sin más te quiero,
sino que querré querer queriendo querer al mundo entero.
Castellón, 03/08/09
lo sublime se dibuja entre lo incólume,
la pasión se tiñe de melodías utópicas y la llama se fragua con famélicas lágrimas.
A un suspiro del deseo
la humedad pierde su valor,
y lo que vale aprecia más si cabe la valía del sudor.
A un suspiro del deseo
el sístole es el primo del diástole,
las arterias ya son venas y las vendas nos ayudan a profundizar en la ceguera.
A un suspiro del deseo
lo amargo pierde su sentido,
y el néctar almibarado fallece por ser en este campo de batalla un vulgar y vil proscrito.
A un suspiro del deseo
las yemas son las que ven,
son exploradoras, emisarias y guerrilleras de íntimas guerras sin cuartel.
A un suspiro del deseo
no hay más placer que el que arde,
ni más cera que la que nace en la brecha de ocultas colmenas de miel.
A un suspiro del deseo
los prisioneros se hacen para no ser torturados,
y ruegan para ser arrebatados de las fauces de las manecillas del relojero.
A un suspiro del deseo
el paladar desciende a lo más alto del cielo,
y la lluvia cala hasta los huesos sin querer resguardarnos del aguacero.
A un suspiro del deseo
el sentido se pierde cuando más se siente el presente,
y los sentidos actúan al unísono, independientes de razones y de temores.
A un suspiro del deseo
se aparta a la vanidad, a la niñez, a la caridad,
a la insidiosa penumbra cuya última intención no es la de iluminar.
A un suspiro del deseo
no diré sin más te quiero,
sino que querré querer queriendo querer al mundo entero.
Castellón, 03/08/09
desorden
Publicado por
oliver sotos gonzález
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“Lo importante es difundir la confusión, no eliminarla”.
Salvador Dalí
No hay descanso porque realmente no existe esfuerzo
en el vagar divagando sobre ceremonias de incienso,
sobre catapultas de hedor a perfumes ancestrales,
sobre antiguos mitos que nos hablan de ciudades
hundidas por maremotos todavía incompletos.
Aún recuerdo el rumor de salvajes comercios
amparados por vestigios de un futuro mejor,
de un crónico estadio en posteriores siglos,
y de leyendas hablando de regalos y premios
para aquellos que no supieran alentar la fuerza
del empuje de nuestro duelo de cables y de sables,
de un ficticio cuento de crueles erradas realidades,
desquiciados delirios febriles mal llamados sueños.
No es la caza lo que me ocupa en estos instantes,
no es la pólvora aquel invento que más detesto,
no es la ruina del ser lo que ahora se trasluce,
no es la pena el sabor que viene de dentro,
no es la gracia la mayor de las virtudes,
no es la culpa la vida de los secretos,
no es la savia un círculo cuadrado,
no es la muerte fin de cada lamento.
La verdad de todo esto es muy sencilla,
tanto como una partida de ajedrez en un cementerio,
así pues no repitáis conmigo esta oración que no existe
como tampoco la certeza en este poema tan obsceno.
Yo creo que es fácil dilucidar a qué me refiero
cuando hablo de seguir demorando el azul
del cielo, una mera ilusión lo iridiscente
de este suave color al amparo de la
luz de un cercano, muy cercano
sol, a la par que efímero,
como una caricia
utópica en la
epidermis
labial,
co
mo
el
ol
vi
da
do
hu
ma
no
pen
sa
mi
en
to.
Salvador Dalí
No hay descanso porque realmente no existe esfuerzo
en el vagar divagando sobre ceremonias de incienso,
sobre catapultas de hedor a perfumes ancestrales,
sobre antiguos mitos que nos hablan de ciudades
hundidas por maremotos todavía incompletos.
Aún recuerdo el rumor de salvajes comercios
amparados por vestigios de un futuro mejor,
de un crónico estadio en posteriores siglos,
y de leyendas hablando de regalos y premios
para aquellos que no supieran alentar la fuerza
del empuje de nuestro duelo de cables y de sables,
de un ficticio cuento de crueles erradas realidades,
desquiciados delirios febriles mal llamados sueños.
No es la caza lo que me ocupa en estos instantes,
no es la pólvora aquel invento que más detesto,
no es la ruina del ser lo que ahora se trasluce,
no es la pena el sabor que viene de dentro,
no es la gracia la mayor de las virtudes,
no es la culpa la vida de los secretos,
no es la savia un círculo cuadrado,
no es la muerte fin de cada lamento.
La verdad de todo esto es muy sencilla,
tanto como una partida de ajedrez en un cementerio,
así pues no repitáis conmigo esta oración que no existe
como tampoco la certeza en este poema tan obsceno.
Yo creo que es fácil dilucidar a qué me refiero
cuando hablo de seguir demorando el azul
del cielo, una mera ilusión lo iridiscente
de este suave color al amparo de la
luz de un cercano, muy cercano
sol, a la par que efímero,
como una caricia
utópica en la
epidermis
labial,
co
mo
el
ol
vi
da
do
hu
ma
no
pen
sa
mi
en
to.
Castellón, 05/08/09
la belleza
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oliver sotos gonzález
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Nubes baquianas merman mi lucidez
llevándola más cerca de la auténtica belleza,
que nunca supe qué es, pero a su lado,
con tan sólo la brevedad de un retazo
logra que me levante y los bucles despeja.
Elegante incógnita de resolución caótica
no me llegues de la manera en que lo haces,
provocas que eso a que llaman ansia
venga de puntillas y sin avisar a instalarse,
para no marchar hasta que yo no satisfaga
el objeto de tu presencia por estos lares.
Aquí estoy letra a letra, trazo a trazo
tratando de desenmascarar el muro
y los desencantos que ocultan tu rapto de sirenas,
el que de tu misma esencia a todos nos alejas.
Todo nombre delimita algo y, por lo tanto,
el tuyo también alberga un llanto muy presente,
un querubín en tu más sincero vientre,
una apocalíptica hecatombe de cantos
en forma de saporíferas madreselvas,
rubíes y zafiros a nuestros sentidos,
pero que al sentir no dejas, o por lo menos yo no me lo permito,
entrar para no conocer tu más interna corteza.
Quiero llegar a través del olvido quizá,
o surcando los resquicios de lo que aquel explorador dejó
y ya nunca volverá a retirar.
Quiero saber qué se halla tras esa cota de malla
escondida tras la coraza de un gran cid campeador,
de un ricardo corazón de león cruzado,
o tal vez una sencilla juana de arco,
en busca todos ellos de dólmenes y menhires en las tierras del desengaño.
Es posible que ahora no llegue nunca, que tú seas mi actual santo grial,
pero sí, belleza, yo sé sin dudarlo que ahí estás,
para tejer los entresijos que a tantos alientas
y que, por sublimarse en el intento dejaron el arte como muestra del mundano encuentro.
Castellón, 09/08/09
llevándola más cerca de la auténtica belleza,
que nunca supe qué es, pero a su lado,
con tan sólo la brevedad de un retazo
logra que me levante y los bucles despeja.
Elegante incógnita de resolución caótica
no me llegues de la manera en que lo haces,
provocas que eso a que llaman ansia
venga de puntillas y sin avisar a instalarse,
para no marchar hasta que yo no satisfaga
el objeto de tu presencia por estos lares.
Aquí estoy letra a letra, trazo a trazo
tratando de desenmascarar el muro
y los desencantos que ocultan tu rapto de sirenas,
el que de tu misma esencia a todos nos alejas.
Todo nombre delimita algo y, por lo tanto,
el tuyo también alberga un llanto muy presente,
un querubín en tu más sincero vientre,
una apocalíptica hecatombe de cantos
en forma de saporíferas madreselvas,
rubíes y zafiros a nuestros sentidos,
pero que al sentir no dejas, o por lo menos yo no me lo permito,
entrar para no conocer tu más interna corteza.
Quiero llegar a través del olvido quizá,
o surcando los resquicios de lo que aquel explorador dejó
y ya nunca volverá a retirar.
Quiero saber qué se halla tras esa cota de malla
escondida tras la coraza de un gran cid campeador,
de un ricardo corazón de león cruzado,
o tal vez una sencilla juana de arco,
en busca todos ellos de dólmenes y menhires en las tierras del desengaño.
Es posible que ahora no llegue nunca, que tú seas mi actual santo grial,
pero sí, belleza, yo sé sin dudarlo que ahí estás,
para tejer los entresijos que a tantos alientas
y que, por sublimarse en el intento dejaron el arte como muestra del mundano encuentro.
Castellón, 09/08/09
ensayo
Publicado por
oliver sotos gonzález
/
No conozco la razón, el motivo, por que se deba
tener que hacer sin querer hacer lo debido.
La maraña ya está trazada, por lo tanto sólo queda
navegar en el intrínseco y mágico secreto
que marca el lenguaje con sus vericuetos,
hasta llegar a lo que todavía ya está escrito,
es decir, retorcer frases y versos sin demora,
acariciar la inconsciente intención de hablar
sin importar lo que contenga todo lo que salga de la boca,
ni de los dedos al golpear el teclado de un ordenador tan impersonal.
Sé que está ahí, lo puedo intuir,
la íntima relación entre todo lo imposible,
la eterna ecuación y la esencia de lo que no dije.
La mística dorada y la ausencia de cualquier lujo
no encauzarán los bienes inmateriales de algo que no se contabiliza,
del dinero, del placer, del dolor y del llanto que aún conmina.
No sé si llegaré, aún creyendo que no lo haga.
Después de todo lo que hago es seguir forzando retruécanos
para continuar avistando fisuras en la perfección de la palabra,
leerlas una y otra vez para derribar el suave, transparente y obtuso
paréntesis entre los amasijos de fútiles energías en la pérfida letanía
de lo perdido entre lo pensado y lo dicho,
aún a riesgo de recordar que no hay lugar donde se halle el final
de una engañosa historia donde aquí, sí, aquí vendrás a parar.
Castellón, 10/08/09
tener que hacer sin querer hacer lo debido.
La maraña ya está trazada, por lo tanto sólo queda
navegar en el intrínseco y mágico secreto
que marca el lenguaje con sus vericuetos,
hasta llegar a lo que todavía ya está escrito,
es decir, retorcer frases y versos sin demora,
acariciar la inconsciente intención de hablar
sin importar lo que contenga todo lo que salga de la boca,
ni de los dedos al golpear el teclado de un ordenador tan impersonal.
Sé que está ahí, lo puedo intuir,
la íntima relación entre todo lo imposible,
la eterna ecuación y la esencia de lo que no dije.
La mística dorada y la ausencia de cualquier lujo
no encauzarán los bienes inmateriales de algo que no se contabiliza,
del dinero, del placer, del dolor y del llanto que aún conmina.
No sé si llegaré, aún creyendo que no lo haga.
Después de todo lo que hago es seguir forzando retruécanos
para continuar avistando fisuras en la perfección de la palabra,
leerlas una y otra vez para derribar el suave, transparente y obtuso
paréntesis entre los amasijos de fútiles energías en la pérfida letanía
de lo perdido entre lo pensado y lo dicho,
aún a riesgo de recordar que no hay lugar donde se halle el final
de una engañosa historia donde aquí, sí, aquí vendrás a parar.
Castellón, 10/08/09
a la noche
Publicado por
oliver sotos gonzález
/
Qué encierras dentro de tu misterio,
con qué embriaguez enervas mis cimientos
para que puntual, cuando las agujas revientan de puro cansancio,
este cuerpo que aquí te escribe se levante para bailar tu canto.
Ciertamente, nunca te he desoído
cuando me venías con timbres de paraísos perdidos,
cuando allanabas mi derruida e histriónica alcoba
para sembrar los atuendos de mis venideras zozobras.
Tanto te he temido y siempre has estado a mi lado,
tanto te he llorado y a ti siempre te tiendo mi mano,
tanto ha sido el dolor de conocerte, que ahora el placer llega
cuando el sempiterno astro rey acaba su labor y cierra sus puertas.
Qué difícil sería una vida sin ti,
con la brújula calibrada a las doce de la mañana y sin saber a dónde ir,
apestando a humus con algas de cualquier comida zafia
que aumentara la artificial hipertrofia y sucumbiera ante la materialidad más exacerbada.
Qué grandes batallas se han brindado en tus horas prohibidas,
qué bien nos ha sentado a los noctámbulos esos dulces de miel y de alcohol.
Qué enemigos tan íntimos se han creado gracias al sucio sudor,
al amor, a la gloria, a la llama. A fin de cuentas a la vida.
Oh, noche,
no voy a despedirme pues acabas de comenzar tu día,
no voy a salir disparado pues tú no mereces esta despedida.
Sólo te diré que mientras quede un segundo de oscuridad
en mi habitación siempre habrá un motivo que celebrar.
Castellón, 11/08/09
con qué embriaguez enervas mis cimientos
para que puntual, cuando las agujas revientan de puro cansancio,
este cuerpo que aquí te escribe se levante para bailar tu canto.
Ciertamente, nunca te he desoído
cuando me venías con timbres de paraísos perdidos,
cuando allanabas mi derruida e histriónica alcoba
para sembrar los atuendos de mis venideras zozobras.
Tanto te he temido y siempre has estado a mi lado,
tanto te he llorado y a ti siempre te tiendo mi mano,
tanto ha sido el dolor de conocerte, que ahora el placer llega
cuando el sempiterno astro rey acaba su labor y cierra sus puertas.
Qué difícil sería una vida sin ti,
con la brújula calibrada a las doce de la mañana y sin saber a dónde ir,
apestando a humus con algas de cualquier comida zafia
que aumentara la artificial hipertrofia y sucumbiera ante la materialidad más exacerbada.
Qué grandes batallas se han brindado en tus horas prohibidas,
qué bien nos ha sentado a los noctámbulos esos dulces de miel y de alcohol.
Qué enemigos tan íntimos se han creado gracias al sucio sudor,
al amor, a la gloria, a la llama. A fin de cuentas a la vida.
Oh, noche,
no voy a despedirme pues acabas de comenzar tu día,
no voy a salir disparado pues tú no mereces esta despedida.
Sólo te diré que mientras quede un segundo de oscuridad
en mi habitación siempre habrá un motivo que celebrar.
Castellón, 11/08/09
